Me encanta esta serie de antena 3. Salen un montón de jovencitas en los vestuarios duchándose, pero no se ven desnudos. Más tarde salen bien tapaditas con la toalla enrollada alrededor del cuerpo, justo por encima del pecho. Hay una escena en la que una de las colegialas se cuela en la habitación de un chico, con una combinación muy sexy. Lo que más me llama la atención es el modo de insinuar. La zagala tiene los pezones erectos, parecen rayos salidos del tridente de Zeus. Y avanza hacia el chico de forma dramática con lágrimas en los ojos. No es que su interpretación sea como para echar cohetes, pero bueno ya se sabe de las limitaciones de este tipo de series. Pero lo que más gracia me hace es que la muchacha en esa escena ha quedado reducida a un par de pezones. Y ahí es cuando mi espíritu feminista salta y me dice “¿Pero cómo puede ser?” Una joven actriz cuya interpretación queda reducida a un par de pezones. Y es que en verdad la vida a veces no tiene ningún tipo de sentido. Estoy convencida de que en el futuro, cuando sus nietos vean la serie, en algún tipo de formato ultra moderno, se percatarán de que su abuela quedó reducida a un mísero par de pezones. “¿Cuál es el título de este capítulo?” le preguntará uno al otro, y este contestará, “Los pezones de la yaya”.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
lunes, 12 de noviembre de 2007
EL MUNDO ESTÁ LOCO, LOCO, LOCO
Bien, viendo el documental Sicko de Michael Moore, que sabe muy bien cómo tocarnos la fibra sensible, tan solo me viene a la cabeza el título de una película en la que aparece mi querido Buster Keaton, El mundo está loco, loco, loco. Atendiendo al hilo argumental de Moore, que no deja de ser revelador, sazonado con algo de sensiblería, en mi cabeza no cesa ese martilleo que se repite con la frase. Moore se pasea por Canadá, Inglaterra y Francia para llegar siempre a la misma conclusión: Sanidad gratuita no es igual a socialismo, como pretendían y siguen pretendiendo hacer creer la clase dominante estadounidense. Me deleito con la escena del médico londinense que aparca su super audi en la puerta y entra a su pequeño hogar, una casita de tres plantas, rebatiendo así la teoría del doctor controlado y mal pagado en un sistema sanitario “socializado”. Y por supuesto, sin comentarios, la escena en la que aquellos desprotegidos hijos de América reciben tratamiento médico en Cuba, aquellos héroes que actuaron como voluntarios en el 11-S. Me fascina la parte en la que una de ellas entra a una farmacia cubana y compra su medicina de 120 dólares por cinco centavos e inmediatamente se echa a llorar, no es capaz de asimilar algo así. Los héroes americanos salen de Cuba, el enemigo número uno de Estados Unidos, esa mancha roja en el Caribe, y regresan a sus hogares en la primera potencia mundial, con diagnóstico médico y tratamiento. Acabo de acordarme. Ayer vi las sonadas imágenes del monarca español mandando callar a Hugo Chávez, con un Zapatero descolocado y desesperado. Tras los “insultos” de Chávez, despotricando contra Aznar y llamándolo fascista, nuestro presidente con más talante no duda ni un solo momento en defender a capa y espada el honor de su antecesor, y al rey tampoco le tiembla la voz cuando en un alarde de envalentonamiento y desesperación abrumadora manda callar al presidente venezolano. Me divierte mucho la escena, un fascista llamando fascista a otro, éste último elegido para más inri democráticamente. Ayer en el transcurso de una cena, alguien comentó que la salida de tono del rey fue una falta al protocolo, la verdad es que no sé si fue así o no, y lo que es más, tampoco me importa, porque preferiría no tener que pagar impuestos para costear la vida monárquica española. Y en verdad amigos, el mundo está loco, loco, loco, así que yo no sé si reír o llorar, quizá me decante por las dos. Mientras tanto seguiré viendo documentales del Moore y disfrutando de cada momento del film. Tiene suerte, no ha tenido que exiliarse y sus documentales se proyectan en todo su país, estoy segura de que Fidel no le hubiera dado tanta cancha, eso sí, su endodoncia sería perfecta.
martes, 6 de noviembre de 2007
MEMORIAS, Gore Vidal
"El Dr. Kinsey estaba intrigado por mi ausencia de culpabilidad sexual. Le dije que posiblemente fuese una cuestión de clase. Que yo sepa nadie de mi familia ha padecido ese tipo de culpabilidad, un trastorno típico de las clases medias del cual parece estar exenta la gente en el poder. Cada uno hacíamos lo que queríamos y no le dábamos más vueltas. Kinsey me dijo que yo no era "homosexual", sin duda porque nunca chupé ninguna polla ni me dieron por culo. Aun así estaba consiguiendo el récord mundial de encuentros anónimos con jóvenes, situándome a la altura del ajetreado Jack Kennedy con su rutina de a chica por día. No me hubiera interesado de ninguna otra manera, pues ya por entonces no creía en las categorías sexuales establecidas; y, por último, parece que tampoco Kinsey creía en ellas. Pero esa atracción primaria (¿por la otra mitad?) es innata e inmutable y rara vez una "elección", como pretenden los ignorantes."
martes, 30 de octubre de 2007
EL HOMBRE GRIS
“Esta es la vieja historia de un hombre ciertamente gris. De pelo moreno y tez blanquecina, ojos oscuros insertados en dos cavidades socavadas y profundas. Cejas abundantemente pobladas de minúsculos pelos negros y grisáceos. No era propiamente una persona, un individuo, sino más bien una sombra. Una sombra que se deslizaba en la gélida noche de la ciudad sin nombre. Caminaba lentamente arrastrando sus pies insertados en zapatos desgastados. Primero un paso y luego otro. Caminaba erguido, con la cabeza cabizbaja, arropado por una larga gabardina gris con el cuello alzado. Se escondía bajo un sombrero de ala ancha que ocultaba la cicatriz que le nacía en la oreja izquierda y le terminaba en la barbilla. No tenía nombre propio. Denominémosle ciudadano gris. Cada noche deambulaba por las calles de la ciudad sin nombre, como un lobo solitario, entre la niebla. En alguna ocasión se sumergía en una vieja taberna y bebía en un rincón con los ojos clavados como agujas en la mesa, sin desprenderse de su sombrero. Agarraba el vaso de vodka rodeándolo con su vasta mano y engullía a tragos largos sin ningún tipo de contemplación. Luego salía del local con un aire sombrío, sin intercambiar palabra con ninguno de los presentes. Seguía caminando por la ciudad hasta bien entrada la noche. Sus pasos resonaban en las baldosas como un eco en la lejanía. De vuelta a casa siempre paraba a orillas del río, donde pasaba largo tiempo (supongamos que divagando acerca de su existencia). Apretaba las mandíbulas y los labios en un gesto hierático y la cicatriz se encogía en su rostro, dándole un aspecto, si cabe, más gris todavía. Pasaba horas mirando el río apoyado en la barandilla de metal, con un pie descansando en la misma. Se encendía un cigarrillo sin boquilla con su viejo mechero que apestaba a queroseno. Daba largas caladas pensativo, con sus ojos perdidos en el infinito. Exhalaba el humo cautelosamente, de forma pausada, con miedo a despertar la ciudad. El humo se retorcía formando largos hilos y deshaciéndose en el aire, borrando toda huella de existencia. A esas horas el silencio era tan profundo, que se podía oír el aletear de una mosca. Pasado un tiempo emprendía el camino de retorno a la guarida. Allí se encerraba con las cortinas corridas sin más compañía que la de un viejo gramófono del que se escapaba siempre la misma melodía. Aunque tal vez más que una melodía se asemejaba más a una Elegía, una oda a la Muerte. Una oda de violonchelos atropellados y piano despiadado, de una intensidad alta. Chan chan chan chan….”
Elmer ya no sabe cómo seguir, ¿por qué razón este individuo es de una existencia tan gris? Tal vez se trate de un mafioso huido de la justicia, que se esconde en la ciudad sin nombre hasta que las aguas se calmen. Tal vez su vida se haya visto reducida a cenizas a raíz de perder a su primer y único amor. Ahora miro mis manos y para mi sorpresa se tornan grises, empieza por la punta de los dedos y se va extendiendo a todo el cuerpo, pero sigo escribiendo a pesar de que evidentemente el hombre gris me ha contaminado con su tono vital. ¡Miradme! Me he vuelto una persona gris. Quizá también a vosotros os está empezando a invadir el tono gris a pesar de no percataros. Feliz día amigos.
Elmer ya no sabe cómo seguir, ¿por qué razón este individuo es de una existencia tan gris? Tal vez se trate de un mafioso huido de la justicia, que se esconde en la ciudad sin nombre hasta que las aguas se calmen. Tal vez su vida se haya visto reducida a cenizas a raíz de perder a su primer y único amor. Ahora miro mis manos y para mi sorpresa se tornan grises, empieza por la punta de los dedos y se va extendiendo a todo el cuerpo, pero sigo escribiendo a pesar de que evidentemente el hombre gris me ha contaminado con su tono vital. ¡Miradme! Me he vuelto una persona gris. Quizá también a vosotros os está empezando a invadir el tono gris a pesar de no percataros. Feliz día amigos.
lunes, 29 de octubre de 2007
EL SÉPTIMO SELLO
Conversación del caballero Antonious Block con la vil Muerte en el confesionario.
A.B.: “Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo, delante de mi rostro. Me veo a mí mismo y, al contemplarlo, siento un profundo desprecio de mi ser. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas. Prisionero de fantasías y ensueños.”
M.: “Y, a pesar de todo, no quieres morir.”
A.B.: “Sí que quiero.”
M.: “Entonces, ¿a qué esperas?”
A.B.: “A saber qué hay después.”
M.: “Buscas garantías.”
A.B.: “Llámalo como quieras.”
….
A.B.: “Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro y me hable.”
M.: “Él no habla.”
A.B.: “Clamo a él en las tinieblas y nadie contesta a mis clamores.”
M.: “Tal vez no haya nadie.”
A.B.: “La vida perdería el sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada.”
M.: “La mayoría de la gente no piensa en la muerte ni en la nada.”
A.B.: “Un día, llegan al borde de la vida y deben enfrentarse a las tinieblas.”
M.: “Sí. Y cuando llegan…”
A.B.: “Calla. Sé lo que vas a decir. Que el miedo nos hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es lo que llamamos Dios.”
M.: “Te estás preocupando.”
A.B.: “Hoy ha venido a buscarme la Muerte, estamos jugando al ajedrez. Una prórroga que me da la oportunidad de hacer algo importante.”
M.: “¿Qué piensas hacer?”
A.B.: “He gastado mi vida en diversiones, viajes, charlas sin sentido. Mi vida ha sido un absurdo. Creo que me arrepiento. Fui un necio. En esta hora siento amargura por el tiempo perdido. Aunque sé que la vida de los demás corre por los mismos cauces. Por eso quiero emplear esta prórroga en una acción única que me dé la paz.”
M.: “Por eso juegas al ajedrez con la muerte.”
A.B.: “Usa una táctica hábil, pero aún no he perdido piezas.”
M.: “¿Supones que podrás engañar a la Muerte en tu juego?”
A.B.: “Gracias a una combinación de alfiles y caballos que aún no ha descubierto. Una jugada y le quitaré la reina.”
Muerte: “Lo tendré en cuenta.”
A.B.: “Me has traicionado. Tratas de engañarme. Pero cuando nos enfrentemos, yo encontraré una salida.”
Muerte: “Nos veremos pronto. Seguiremos jugando.”
jueves, 25 de octubre de 2007
MIRADAS
Hoy es un día como cualquier otro. Me levanto somnoliento y me encuentro con la lluvia. Llueve sin cesar y el cielo gris me da dolor de cabeza. Espero ansioso que salga el sol y me cubra con su haz de luz a modo de iluminado. No ha pasado nada nuevo en el mundo ¿verdad?. El mando de la televisión no funciona y no puedo sintonizar los canales para ver los telediarios. Cuando salgo a la calle, la gente camina apresurada, son como hormiguitas, van de camino al trabajo, a una cita, a hacer la compra o al encuentro del amante. Y me imagino una alcoba semioscura, con la cama deshecha de tanto amor. Y en el ambiente rezuma el anhelo de lo perdurable, de una eternidad infinita plasmada en sexo. Y me gustaría estar en ese mismo momento ahí, para fijarlo con mi polaroid, y así ganarle la partida al tiempo en forma de recuerdo. Introducirme a través de la cerradura y convertirme en la mirada indiscreta, la mirada del voyeur. Pero entretanto sigo caminando sumergido en mis cavilaciones. Perdiéndome en los ojos de los transeúntes que me devuelven la mirada sin ningún tipo de pudor ni vergüenza. Los coches hacen chirriar las ruedas, frenan y retoman su camino y yo procuro no ser atropellado por ninguno de ellos. Las clases son soporíferas. Y en ocasiones no lo soporto y salgo huyendo del aula en busca de un rincón en el que leer el libro que siempre llevo conmigo. Y entonces me relajo y me sumerjo en una apacible lectura que es para mí un bálsamo, después de las atropelladas disquisiciones de mis queridos profesores. De vuelta a casa voy disfrutando del trayecto, cambiando el rumbo de mi itinerario y disfrutando de la ciudad cuando cae la noche. Y pienso en el sentido de la palabra compromiso. Y me imagino comprometido con una chica, comprometido con una causa justa y comprometido con el banco que me da el préstamo para la entrada de esa preciosa casa a las afueras, con jardín y garaje propio. Llego a casa y me pongo una comedia, una cualquiera, que me haga reír y olvidarme del día tan gris que he pasado.
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